Amigos míos:
Han pasado nueve años desde que hablé en una conferencia del Partido Conservador. Muchas cosas han ocurrido desde entonces, y pocas para mejor...
Hoy rompo mi ordenanza de abnegación, y por una razón muy válida: expresar mi indignación por el trato cruel e injusto al que ha sido sometido el senador Pinochet.
Pero antes, quiero dar una bienvenida personal a nuestros invitados chilenos, que han venido desde el otro lado del mundo para estar con nosotros. Deben saber que compartimos un profundo sentimiento de vergüenza e ira por la forma en que Chile —su honor, su dignidad, su soberanía y su ex gobernante— han sido tratados.
Yo no sé cuándo ni cómo terminará esta tragedia. Pero lucharemos todo el tiempo que sea necesario para lograr que el senador Pinochet regrese sano y salvo a su país. Los chilenos pueden estar seguros de que, por muy despreciable que sea la conducta de este gobierno laborista, el pueblo británico todavía cree en la lealtad a sus amigos.
Chile es nuestro amigo más antiguo en Sudamérica. Nuestros lazos son muy estrechos desde que el almirante Cochrane ayudó a liberar a Chile del opresivo dominio español. ¡Debe estar revolcándose en su tumba al ver cómo ahora Gran Bretaña alienta la arrogante intromisión de España en los asuntos chilenos!
El Presidente Pinochet fue un amigo fiel y verdadero de este país en el momento en que más lo necesitábamos, cuando Argentina invadió las Islas Malvinas. Lo sé, yo era primera ministra en ese momento. Por instrucciones expresas del Presidente Pinochet, y corriendo grandes riesgos, Chile prestó una ayuda enormemente valiosa. No puedo revelar todos los detalles, pero permítanme mencionar solo un incidente.
Durante la Guerra de las Malvinas, el comandante de la Fuerza Aérea de Chile era el padre de la senadora Evelyn Matthei, quien está hoy con nosotros. Él nos proporcionó alertas tempranas sobre ataques aéreos argentinos, lo que permitió a nuestra fuerza de tareas tomar medidas defensivas. El valor de esta información quedó demostrado por lo que sucedió cuando dejó de recibirse. Un día, hacia el final del conflicto, el radar chileno de largo alcance debió apagarse por mantenimiento. Ese mismo día —el martes 8 de junio de 1982, una fecha grabada en mi corazón—, aviones argentinos atacaron y destruyeron los buques de desembarco Sir Galahad y Sir Tristram, con un elevado número de bajas.
En total, unos 250 miembros de nuestras Fuerzas Armadas perdieron la vida durante la Guerra de las Malvinas. Sin el Presidente Pinochet, sin duda habrían sido muchos más. Todos le debemos a él —y a Chile— una gran deuda.
¿Y cómo decidieron las autoridades de este gobierno laborista pagar esa deuda? Se los diré: colaborando en el secuestro judicial del senador Pinochet.
El grado exacto de participación de ministros y funcionarios británicos con las autoridades españolas aún no está del todo claro. Pero sí conocemos gran parte del repertorio de abusos que se cometieron.
Sabemos que el senador Pinochet fue recibido, como en ocasiones anteriores, como un invitado de honor. Sabemos que se hizo creer a los chilenos que estaba a salvo, cuando las autoridades británicas ya sabían que eso era falso. Sabemos que luego fue arrestado de noche, en su lecho de dolor tras una operación de columna, en circunstancias propias de un estado policial.
Sabemos que primero fue retenido en una pequeña habitación en una clínica, bajo sedación, y luego en una casa donde ni siquiera se le permitía pisar el jardín. Sabemos que esto se hizo bajo una orden de arresto que más tarde los tribunales declararon ilegal. Sabemos que las autoridades sabían que era ilegal, porque enviaron apresuradamente abogados a España para redactar una nueva.
Sabemos que un ministro del gabinete laborista prejuzgó públicamente la culpabilidad del senador Pinochet. Sabemos que, por primera vez en su historia, la Cámara de los Lores tuvo que anular su propio fallo porque un lord no declaró un conflicto de interés, y que ese juez fue luego exonerado públicamente por el lord canciller laborista.
Nunca en mi vida pensé ver el honor de Gran Bretaña y el prestigio de su justicia tan profundamente degradados como en este caso. Todos los responsables deben ser avergonzados y deben rendir cuenta públicamente.
Como se ha confirmado en la audiencia reciente, el senador Pinochet sigue estando legalmente impedido de responder en un tribunal británico a cualquiera de los cargos que se le imputan. Y, al parecer, sus acusadores no tienen obligación alguna de presentar aquí pruebas de culpabilidad. Según el tratado de extradición, el caso solo puede ser visto en España. Ese tratado suponía, por supuesto, que todos los tribunales de los países firmantes del convenio se comportarían de manera honesta y equitativa, y que los extraditados recibirían un juicio justo. Pero el proceso judicial español en este asunto ha sido poco menos que escandaloso.
El fiscal socialista español simplemente ha ido reuniendo cualquier cargo que creyera conveniente, aun cuando no exista evidencia de la participación o siquiera conocimiento del senador Pinochet respecto a los casos en cuestión, y aunque ninguno involucre a ciudadanos españoles. Es bien sabido que quien asesora a este magistrado en cada etapa es el ex asesor político de Allende, que trabaja con una red de otros marxistas en España y Chile. La posibilidad de que el senador Pinochet reciba algo parecido a lo que en Gran Bretaña entenderíamos por "justicia" en un tribunal español es mínima, sobre todo porque los testigos clave de su defensa corren el riesgo de ser arrestados apenas pongan un pie en suelo español. Lo que se está organizando allí es un juicio-espectáculo, con un resultado predeterminado: una muerte lenta en tierra extranjera.
Todo esto tiene muchas implicaciones.
Hay implicaciones para Chile, donde la pequeña minoría de comunistas que una vez casi destruyó el país bajo el gobierno de Allende ahora se verá alentada a derrocar el próspero orden democrático que construyeron Pinochet y sus sucesores.
Hay implicaciones para Gran Bretaña, cuyos intereses se verán comprometidos, no solo en las Malvinas y Sudamérica, sino también en enclaves aislados alrededor del mundo, donde nuestros aliados verán cómo recompensamos los actos de amistad.
Y hay implicaciones para los jefes de gobierno en todas partes, que ven que, en una fecha futura, podrían ser sacados de un hospital en un país extranjero, en plena noche, para enfrentar cargos fabricados.
Amigos míos, estos son temas vitales que nuestro partido debe meditar. Debemos prestar atención a las implicaciones de una ley internacional de linchamiento que, bajo el pretexto de defender los derechos humanos, amenaza con subvertir la justicia británica y los derechos de las naciones soberanas.
El pueblo británico también debería reflexionar sobre lo que este gobierno laborista ha revelado acerca de sus prioridades.
Porque este es un gobierno que se arrastra para colaborar con España, cuyo acoso a Gibraltar es un ultraje diario, pero trata a nuestros aliados chilenos con desprecio.
Este es un gobierno que considera que espías ancianos que traicionaron nuestro país al comunismo soviético no deben ser procesados y, sin embargo, persigue con obsesión al frágil Pinochet de 83 años, quien impidió que los comunistas se tomaran Chile.
Este es un gobierno que otorga amnistías a terroristas asesinos e impenitentes y, sin embargo, anula una amnistía en Chile, poniendo en peligro la joven democracia de ese país.
Amigos míos, este es un gobierno que desacredita y deshonra a Gran Bretaña.
No se equivoquen: el caso Pinochet no se trata de justicia para las víctimas, sino de la venganza de la izquierda. En realidad, al senador Pinochet no se le juzga por los cargos presentados por el juez Garzón, sino por haber derrotado al comunismo. Lo que la izquierda no puede perdonar es que Pinochet salvó a Chile y contribuyó a salvar a América del Sur.
Pero no se queden con mi palabra. Escuchen al Presidente Aylwin, sucesor elegido democráticamente y opositor frecuente de Pinochet, quien dijo: “El gobierno de Allende planeaba, con la ayuda de una milicia armada de enorme poder militar, establecer una dictadura comunista”.
Eso, señoras y señores, es lo que Pinochet impidió.
Él mismo ha reconocido que hubo abusos tras el golpe militar. Y algunos continuaron. La responsabilidad precisa de lo ocurrido solo puede juzgarse en Chile. Pero es un insulto al sentido común, así como una caricatura de la justicia, sostener que un jefe de Estado debe aceptar automáticamente la responsabilidad penal por todo lo que ocurre mientras está en el poder, lo haya autorizado o no, lo haya pasado por alto o no, lo haya sabido o no. Con ese criterio, los señores Blair y Straw deberían aceptar responsabilidad penal por todo lo que ocurra en cada prisión o comisaría del Reino Unido, y luego ser extraditados a España para responder por ello.
¿Por qué será, me pregunto, que quienes hacen fila para acusar al senador Pinochet de todos los abusos grotescos imaginables no mencionan el legado positivo de su gobierno en Chile?
¿Qué hay del hecho de que Chile pasó de un colectivismo caótico a ser la economía modelo de América Latina?
¿Qué hay del aumento de viviendas, de la mejora en la atención médica, de la caída de la mortalidad infantil, del aumento en la esperanza de vida, del lanzamiento de programas altamente eficaces contra la pobreza?
Y, sobre todo, ¿por qué no cuentan al mundo que fue el senador Pinochet quien estableció una constitución para el retorno a la democracia, que celebró un referéndum para decidir si debía o no continuar en el poder, que perdió esa votación (aunque con un 44 % de apoyo), que respetó el resultado y entregó el poder a un sucesor elegido?
Pero, claro, sabemos por qué no se habla de ninguno de estos logros. Es porque la izquierda no quiere que se hable de ellos, ni que se conozcan.
La izquierda perdió la Guerra Fría en Chile, como la perdió en todos lados.
Para nuestro ministro del Interior, que visitó Chile cuando era un joven activista de izquierda, eso debe haber sido muy doloroso. Tampoco debió ser muy agradable para nuestro primer ministro, quien recientemente describió a Allende como su “héroe”.
La izquierda en Chile y en Gran Bretaña tuvo que abandonar toda la retórica y casi todas las políticas del socialismo para llegar al poder. Pero lo que no pudo ni quiso abandonar fueron los prejuicios venenosos que albergaban desde su juventud. Y esta, por supuesto, fue la situación cuando un confiado y anciano ex gobernante chileno decidió hacer una visita de más a su querida Gran Bretaña, el otoño pasado.
Cuando los comunistas estuvieron a punto de asesinarlo en 1986, el Presidente Pinochet sabía que le estaban disparando sus enemigos. Pero jamás habría imaginado que, años después, se planearía para él un nuevo asesinato, legal y político, en la Gran Bretaña en la que confiaba como amiga.
Tal vez sus enemigos tengan éxito.
Tal vez muera aquí, como el único prisionero político de este país.
O tal vez exhale su último aliento en un hospital español, a la espera de una interminable y despreciable apariencia de justicia.
Pero al menos él sabrá, y el mundo sabrá, que sus amigos no abandonaron su causa, y que aquellos a quienes la izquierda quisiera silenciar —pero no se atreve— han proclamado la verdad sobre el trato que recibió.
Margaret Thatcher
Blackpool, miércoles 6 de octubre de 1999.



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